Interiores. 13.3. ALMA COLECTIVA

 

¿Cómo estáis? ¡Os escribo desde Durban! En Sudáfrica. ¿Conocéis este país?

Es una tierra de verdad emocionante, con unos paisajes de belleza virgen y auténtica. Su mar, magnético y duro a la vez, con unas playas y una fauna inimaginables. Llegué ayer a Durban para dirigir la ambiciosa gira de conciertos de la World Orchestra en esta tierra al sur del sur, y me he puesto rápidamente a escribir mi compromiso de intimidad mensual con vosotros en mi primera noche africana, antes de meterme demasiado de lleno en la música y que mi tiempo sea absorbido del todo.

¡Qué placer hablaros de vez en cuando! Todo comenzó hace unos días, así que mejor empiezo por el principio…

Era viernes, la verdad que podía ser un viernes cualquiera de un mes cualquiera, de un año cualquiera, incluso. Un viernes un poco gris en algún lugar de Europa, más al sur que al norte. Un día más, de los muchos en los que me preparo para dar un concierto. Pero este día cualquiera iba a ser diferente a todos los demás, iba a vivir una experiencia que no olvidaría y que marcaría mis tiempos desde ese momento…el día anterior, jueves 17 de enero, se había hecho público mi nombramiento como Director Titular de la Orquesta Sinfónica de Baleares. Sí, seguro imagináis que un nombramiento así conlleva largas semanas, incluso meses, de conversaciones. Os podéis imaginar que ese jueves y viernes fueron días llenos de reuniones, llamadas de amigos, obligaciones, prensa y un millón de líos más que no preveía, tanta gente que se alegra y te trasmite su felicidad, otros que sin conocerte de nada te hablan como si fueras amigo de toda la vida y te piden un concierto diez segundos después de leer sobre tu nombramiento….y otros que parece que han venido a este mundo a estar ofendidos y les duele en el alma que te vaya bien…En todo caso, era consciente de que asumía enormes responsabilidades y mi estado emocional estaba algo alterado y sensible. Durante las horas de trabajo que me quedaban con la Orquesta, (en ese momento, ya, “mi” orquesta), hablamos, les conté mis ilusiones e intenciones, me contaron sus ideas e inquietudes, y acabó produciéndose el hecho mágico del que os quiero hablar…La conjunción de los momentos íntimos compartidos en la música durante los ensayos, con el compromiso sincero por ambas partes de trabajar juntos y con fuerza en un proyecto común tan intenso, generó ese alma colectiva tan difícil de ver o explicar para los no iniciados. Nuestra alma colectiva, “mi orquesta y yo”.

Iniciamos aquel concierto cualquiera de un viernes cualquiera con una energía y capacidad de comunicación sonora de verdad extraordinarias, que nos sorprendían a nosotros mismos, fruto del deseo de construir unidos. Cada minuto sobre el escenario iba ganando en calidez  y fuerza, hasta cerrar con unos últimos compases de la sinfonía, de verdad inolvidables, con ese grito colectivo del final de la Séptima de Dvorak, esa fermata en tono mayor tras una sinfonía entera en tono menor esperando su llegada. ¡Qué sonido tenía la orquesta, qué energía llenaba el teatro. Qué increíble cuando se produce ese revulsivo de un modo inesperado. Cómo fluye el sonido, flotando por encima de las estructuras y cumpliendo sin esfuerzo alguno las leyes que rigen los equilibrios en la naturaleza…menudo premio! Para mí, la música se encuentra justo ahí. No en las notas de una partitura, ni en el sonido que emitimos, ni siquiera en la interpretación intelectual del mismo. No, la música se produce cuando se consigue construir ese alma de la que os hablo, creando un mensaje directo al espíritu del público y los músicos…y para mí, esa es la misión última del trabajo de un director de orquesta, construir ese puente para servir como medio transmisor del alma colectiva…sí, de verdad, no tiene mi profesión tanto que ver, en su fondo más auténtico, con las soluciones técnicas o el virtuosismo interpretativo. Se trata de ser y estar de un modo permeable al servicio de ese mensaje que viene desde más allá de lo explicable.

Desde ese viernes cualquiera, de un mes cualquiera inesperado, tengo un lazo sincero y fuerte con la Orquesta de Baleares, y espero que eso me ayude en esta nueva etapa…Tengo grandes ilusiones para ellos, y son un grupo de músicos de verdad excepcional.

Así es la vida, nunca sabes cuándo un día cualquiera se convertirá en un momento inolvidable. Como aquel concierto en una plaza al aire libre en Chipre, donde descubrimos que nuestro público había salido huyendo de la guerra que estallaba en Líbano, e inesperadamente, sin  prepararlo, estaban allí con nosotros, y tocábamos para ellos. O como aquel día en el desierto de Zacatecas, donde el tiempo se paró y mis músicos cambiaron notas por amor y sonido por comida.

Os dejo un link a un video de aquellas horas inolvidables para mi: “The most amazing Day” www.

 

Mucho, mucho antes, hace mas de veinte años, lejos, hacia el norte, tampoco podía ni imaginar lo importante que aquella ciudad sería para mí. Ámsterdam, gris, mi escuela, mi segunda casa. Llegué allí como un alumno de postgrado, algo perdido y disperso. Tantos años tuvieron que pasar para comprender que su clima había sido el lecho indispensable de mi aprendizaje, el mundo donde encontré tiempo en la soledad para pensar, para sentir mi pulso creativo. Hoy veo aquella ciudad como lo que fue: mi escuela de la disciplina, mi experiencia vital imprescindible. Y es que veinte años son mucho tiempo. Gracias a Ámsterdam pude vivir la realidad de una sociedad intercultural antes incluso de plantearme su existencia y saber de su problemática. Pude conocer a muchos de los nombres históricos en la música. Tuve la enorme suerte de trabajar con Messiaen, con Xenakis, de tocar para batutas como Solti, (recuerdo aquel ensayo con La consagración de la primavera donde casi me hizo llorar), o el maestro Gergiev, (ese monstruo musical de enorme energía cuya influencia late indiscutible en mis venas), o Haitink (qué elegancia la suya). En aquellos años, pude vivir de cerca el proceso compositivo de muchas nuevas partituras (qué enorme vitalidad la del sector de la nueva música, allí). Recuerdo mi trabajo al lado de Ton de Leeuw, a Rafael Reina y su obsesión con las estructuras y las melodías del sur de la India , los estrenos de las obras de Tan Dun (entonces aún desconocido) o cómo conocí desde allí a nuestro David Del Puerto, y el Concertgebouw, tantos estrenos dirigiendo aquella magnífica orquesta de cámara que fue “Interval Chamber Orchestra”, y quién podría pensar que aprendería de Piazzola tan al norte del mundo, y las producciones con la música microtonal,…uufff….al principio parecía tan lejana a mi sentido…

No sabía tampoco que el destino me tenía preparada una sorpresa de mayor envergadura. Aquella noche, también de viernes, un viernes cualquiera, un viernes un poco gris al norte de Europa, interpretando música del recientemente fallecido Simon Ten Holt conocí sin darme cuenta a la mujer que sería mi pareja, su paz, la madre de mis hijos. En ellos veo cómo se unen las diferencias de nuestras culturas con una naturalidad apabullante, las diferencias son solo riqueza en su espíritu. Del mismo modo lo siento cada día en mi trabajo con las Naciones Unidas de la Música que es The World Orchestra. Hemos alcanzado en esta gira la impresionante cantidad de 56 países miembros, y nunca, nunca hubo ni un momento de dificultad generada por nuestras diferencias.

El cielo y el agua de aquel país quedaron grabados en gris en mi memoria, pero gris bello, como esa sensación melancólica de domingo que en el fondo te gusta. Las horas largas de estudio sin salir en las que el recuerdo de mi mar y mi gente se amplificaba en la distancia. Veinte años son muchos años. Y música, música, música; mi Amsterdam Percussion Group, (ya dejó de ser parte de mi presente), la improvisación, mis primeras óperas como director, y amigos que siguen a mi lado, otros no…Pues sí, mi segunda casa….quien lo iba a decir, mi segunda casa….y sus noches…Ámsterdam.

Parece que es intrínseco al ser humano el ser permeable a su entorno para que fluya el tiempo, y la energía de la convivencia sea capaz de darnos las sorpresas que como un juego inesperado acaban cambiando nuestra vida…como pasa al dirigir una orquesta.

 

Leo al final de la pantalla del ipad 7395 caracteres, así que es hora de dejaros (qué increíble me parece ver con qué naturalidad nos adaptamos a los avances tecnológicos). Y os dejo a punto de viajar para reunir a The World Orchestra con un grupo de 150 niños africanos que van a cantar con nosotros y con quienes confío sepamos crear ese puente emocional del que os hablaba, que les sorprenda y llene de energía para el futuro. Os dejo desde Sudáfrica, lleno de ilusión por descubrir más de este país, sus sonidos y su pulso vital (ya os contaré). Con ganas de ofrecerlo todo de mí en cada concierto, y feliz de saber que tengo una nueva casa, en una de las ciudades mas bellas del Mediterráneo, y con una orquesta excepcional con la que me une un lazo fuerte. “Sa Sinfònica”, la llama con cariño su público. Palma de Mallorca, me vais a encontrar muy a menudo allí. ¡Un abrazo!