PorJosep Vicent

Jòia, 3 años:

-“Papa, I ara quans dies ten vas?” (¿Cuántos días te marchas esta vez, Papá?)
Con esta frase me recibe mi hija, justo al llegar, después de darme un beso de bienvenida y temiendo que mi marcha sea de nuevo inminente.
Consciente de la madurez de la pregunta me quedo un poco traspuesto, sin contestar, por no decirle tan a bote pronto y estresado por la velocidad en la que siento pasan las horas: “Mañana hija, mañana”.
Un desastre para la conciliación familiar, esta profesión mía, ¡un desastre indiscutible!

Y son pocos los momentos que llegan a ser de verdad sublimes en la música, o en  sus vidas contiguas, hasta el punto que puedan hacerte olvidar por un segundo el tiempo robado a los seres queridos. Solo a veces, muy de vez en cuando, he vivido alguna experiencia que casi ha compensado por un minuto el sabor amargo de no estar con mis hijos el tiempo que se merecen.

Estoy en Ciudad del Cabo y acabo de terminar la gira de más de 3 semanas que me ha hecho recorrer este país de lado a lado. Ayer sonamos el décimosegundo y último concierto en el Cape Town CityHall totalmente a rebosar con la Sinfonía Africana de Hofmeier y las músicas deShostakovich, Barber y Prokofiev. Fue una noche magnífica, la verdad. La energía de la orquesta se triplicó al sentir que nuestro mensaje tenía en el fondo un punto melancólico de despedida. Los últimos momentos de una gira intensa y larga conllevan a menudo una ruptura emocional, como si el paso de los días fuera creando lazos profundos más y más íntimos. Las músicas que se interpretan parecen cada vez más propias, en un imparable proceso de empatía y hermandad en el sonido, reforzado por las estrecheces de los viajes, y las sonrisas y aplausos recibidos colectivamente en los escenarios. En gira, cada vez parece más difícil concebir la vida, que sigue su curso, fuera de ese autentico “Gran Hermano” de una orquesta sinfónica.

Sí, para los no iniciados, no duden que los amores y desamores, encuentros y desencuentros, odios y pasiones diversas, son el pan de cada día del “backstage” de una orquesta. El orden perfecto que hace intuir la visión de la máquina orquestal uniformada en un escenario es solo una pequeña sombra de la enorme luz de acontecimientos humanos que corre por las venas de los días compartidos. Y a mayor dificultad o éxito, mayor intensidad.

Las salas más importantes de este país, me recuerdan en su acústica y arquitectura a la magnífica sala delConcertgebouw de Amsterdam (esa sala en la que, con 17 años, tocando en su orquesta por primera vez, soñé con ser director como una posibilidad real). Un espacio cuadrado, sobrio, con un impresionante órgano como respetable fachada interior y fondo de escenario, y esas dos famosas entradas laterales. Recuerdo a tantos maestros indiscutibles, de enorme influencia, bajando por aquellas escaleras largas y de alfombra roja en la sala de la ciudad de los canales. Gergiev altivo y salvaje, Haitink con calma y elegancia, casi con miedo, Chailly enérgico con alegría, Solti, con ese aire algo tenebroso, Boulez, sin prisa, con la mente casi más presente que su cuerpo, y De Leeuw, algo desgarbado, como si fuera a romperse, frágil y con las extremidades un poco descontroladas…y tantos más…Pero recuerdo especialmente a Mr.Brian Polard.Sentado detrás de él durante años, me sorprendía verle siempre disfrutar como la primera vez. Nunca conocí a un músico de orquesta tan de verdad. Me contaba cuando, de joven, se escondía en la sala y se quedaba a dormir para estudiar por la noche, solo, rodeado de las almas de los grandes compositores. Recuerdo la noche en que este fagotista excepcional fue homenajeado en su último concierto, y cómo por esas escaleras de alfombra roja que os comentaba, bajaban las gaitas celtas que le transportaron a sus orígenes por un minuto, en un llanto atronador y de dura belleza original y cómo aplaudía con una mano sobre la pierna, como se hace en las orquesta, igual que hacía con todos y cada uno de los solos de sus colegas de atril durante décadas.

Pero les hablaba de la acústica fantástica, limpia, profunda y equilibrada, soporte activo al sonido de la orquesta. Son tantos los auditorios que se han construido recientemente donde los egos y la intención de deslumbrar con su espectacularidad teatral han mermado la función primigenia de sonar bien… La arquitectura ha de estar de verdad al servicio del hombre.

Pues bien, esta mañana (el día después del concierto,),recibí un montón de mensajes de gente que estuvo ayer entre el público y quería compartir su emoción y agradecimiento. Todos ellos han sido tremendamente amables. Y es que la orquesta regaló sin reservas cada segundo de su sonido, con generosidad apabullante.

Y ese, queridos confidentes, es el gran secreto: La música como acto de amor. Permítanme recordar y poner como ejemplo a Bernstein y sus versiones, tantas veces criticado por su grandiosismo excesivo). Para mí, la música lo es cuando es interpretada con el deseo y la transparencia emocional que garantizan su sinceridad y discurso orgánico (a pesar incluso de los maravillosos defectos que sean fruto de esa sinceridad).

Durante las últimas semanas hemos compaginado los conciertos sinfónicos en auditorios de todo el país con las actividades educativas y sociales en las comunidades mas desfavorecidas del Sur del continente. Y es aquí, donde,por un minuto, pude borrar el regusto amargo del que les hablaba al principio. Aquí, donde me sentí cien por cien en casa, tan agradecido como abrazando a mis propios hijos. En cada minuto compartido cerca de los niños más indefensos, cuya percepción de nuestra llegada es recibida como un auténtico regalo, deseosos de sentirse queridos y aprender. Qué ligadas están estas dos ideas. También enseñar y compartir son, deben ser, actos de amor. ¡Qué gran arma de acción social es la música!

No me queda ninguna duda, ni hay argumento político que me pueda convencer de lo contrario. El poder de la música como arma de movilización social, como instrumento para ayudar a la población a generar ilusión, deseo de mejorar, arma para avanzar hacia un mundo mejor, recurso educativo, lenguaje y puente de comunicación libre de manipulaciones y malversaciones, es indiscutible. No comprendo a quienes no lo ven claro y desconfío de los argumentos que pueden crear tan descomunal ceguera.

No escribo desde el estudio de un análisis científico sobre el efecto de la educación musical en la capacidad intelectual de un estudiante o las conexiones que la música ayuda a generar en el cerebro, ni siquiera el hecho de que ayude a ser más creativos o a consolidar una eficaz estructura lógica, ni que sea un revulsivo generador de inteligencia emocional y por ende nos haga más felices.No, no les hablo de eso. No. Les hablo de lo que he visto con mis propios ojos:

*Niños que viven apartados de la sociedad.

*Jóvenes cuya única posibilidad de vida es formar parte de alguna de las bandas de malhechores que viven en las calles de sus ciudades derruidas.

*Padres demasiado jóvenes para serlo que no saben cómo ofrecer a sus niños algún futuro que les ilusione.

*Ojos vivos que se abren de par en par y transmiten el deseo de aprender.

*Adultos que, al ver las caras de sus hijos, te trasmiten querer vivir en una sociedad mejor donde la música estará a su alcance (símbolo de paz y de orden).

*Estudiantes que, ante el sonido producido por ellos mismos al tirar de una cuerda de contrabajo o golpear un parche de timbal, sonríen realizados, con una risa blanca llena de fe en el futuro mejor.

No pude evitar llorar, en el taxi, en las afueras de la última ciudad de esta tierra tan bella y tan difícil, tan rica y pobre, paupérrima, donde miles y miles y millones de personas hacinadas en chabolas viven muy por debajo del umbral de la pobreza. Familias cuya vida no se arregla cuando los gobiernos les regalan alguna que otra mejora pactada en un parlamento, que acaba consumiéndose y volviendo del mismo modo a los lodos de su infelicidad.

¡El único camino hacia el futuro es la EDUCACIÓN!

Educarles a amar, a construir y a ser independientes, a ser creativos, a soñar. Educarles con los mismos recursos que se educan los hijos de las familias ricas. Darles las armas intelectuales y emocionales (van por supuesto unidas) para que sean ellos quienes puedan y quieran moldear su futuro.
Señores gestores de la educación y la cultura, ¿saben cómo?

¡Con la MÚSICA!

Lo vi con mis propios ojos.