Dos meses han transcurrido, desde el último abono de la OFM, hasta llegar a la batuta invitada del maestro Vicent. Entre medias, la actividad del conjunto orquestal se ha repartido entre el formato del ciclo La Filarmónica Frente al Mar y el exitoso ciclo extraordinario que ha repasado la figura de Tchaikovsky, en el aniversario de su nacimiento. Incluso la orquesta ha participado en la temporada lírica del Villamarta. De alguna forma, el espacio compartido del Cervantes acredita la necesidad de un nuevo escenario olvidado por la premura de mayo y la imperiosa necesidad de inaugurar algo cueste lo que cueste, ajeno a las necesidades reales que demandamos los ciudadanos. Cuestiones hirientes que resaltan maniobras difícilmente explicables según qué ámbitos, o qué objetivos. Pensar sólo en guiris no construye una ciudad, y mucho menos una sociedad que rezume cultura; entretanto, las oportunidades pasan de largo delante de nuestras narices.

Un siglo de tradición musical centraba el octavo de los abonos de la OFM: desde los planteamientos del Grupo de los Cinco hasta el realismo socialista de Glière con parada obligatoria en Tchaikovsky, clave de una escuela, la rus,a que tanto ha aportado al gran repertorio sinfónico y concertante. Una de las pocas obras orquestales redactadas por Mussorgsky, el poema sinfónico Una noche en el monte pelado tuvo en Balakirev una voraz incomprensión, hasta el punto de caer la partitura en el olvido del propio compositor. Rimsky-Korsakov se encargaría de reformarla, incluso negando que se conservara el original de la pieza. En la actualidad su orquestación es la que se impone en los atriles. Estructurada en tres cuadros posteriormente, en una nueva revisión de su autor, se completaría con un epílogo en contraste con la tensión desarrollada en las imágenes descritas por el músico. El maestro español Josep Vicent destacó en Mussorgsky las claves de su batuta, centrada en la precisión dinámica, la correctísima entrada de las distintas secciones y marcando orden dentro de los tuttis para resaltar así el color característico de una corriente estética tan concreta e influyente.

A pesar de su escritura en pleno siglo veinte y condicionado por una estética impuesta, Glière vuelca en su conocido Concierto para arpa una notable influencia temática inspirada en Tchaikovsky. Cristina Montes fue la encargada de desgranar la página estructurada en tres movimientos. De inspiración clásica, el elemento melódico y virtuoso no empaña los constante diálogos con la masa orquestal.

Sin duda, el gran atractivo de la cita era la Quinta de Tchaikovsky, una sinfonía ampliamente divulgada y pocas veces comprendida. Josep Vicent jugó con los tiempos, el color y el contraste para presentar una versión tan personal e insólita como las insípidas reproducciones de convencionalismos que rodean la interpretación del compositor ruso. El director alteano marcó un orden que tuvo como reflejo una lectura ordenada, destacando ese sentido de cuadros independientes que determinan el capítulo orquestal de Tchaikovsky. Al inquietante movimiento inicial, le continuó un soberbio andante ayudado por los bronces y maderas de la OFM; siguió un plácido vals previo al monumental finale que enlazaba con el motivo del comienzo de la sinfonía, ofreciendo un sentido unitario y claro tanto en el programa de la pieza, como también en el hábil manejo de la orquesta. Frente al amontonamiento y el timbre indiscreto, Vicent dosificó el color para ganar en expresión, desterró el habitual amaneramiento que contamina la obra de Tchaikovsky.

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